Opinión: Un paréntesis llamado vida

Lizzette Diaz

La semana pasada asistí a mi séptimo funeral del año. ¡Increíble! Solo en las últimas dos semanas he estado en tres: la mamá de una gran amiga quien vivió sus ochenta y tantos años llena de plenitud y energía, un vecino quien murió de un ataque al corazón fulminante en su cuarto, mientras se alistaba para ir al médico y el suegro de otra amiga, a quien también le dio un ataque cardíaco mientras jugaba un partido de fútbol, éstos dos últimos con menos de 60 años.

Fue precisamente durante este último funeral donde comencé a pensar en todas las personas que conozco, que ya no están con nosotros. Algunos se han ido tras sufrir una larga y dolorosa enfermedad; otros de manera trágica, algunos más, de viejitos y también unos que no eran tan viejos, pero tampoco tan jóvenes, eso sí con mucha energía y planes por realizar. De todas maneras, he encarado el tema de la muerte de una manera muy particular este último año, que dicho sea de paso ha sido muy particular para mí, y no lo digo sobre la reflexión que debemos hacernos cada vez que vemos partir a alguien cercano, sino por todo lo que ha sucedido en el plano profesional, tanto para mí, como para mi esposo.

Pero retomando el tema, cada uno de los funerales ha sido muy particular, quizás porque cada uno de los difuntos pertenecían a diferentes religiones. Cada una de las predicas de los pastores o sacerdotes en este trance tan difícil para las familias, intentándoles brindar consuelo a través de la palabra de Dios han sido supremamente emotivos. No obstante, me llamó particularmente la atención el más reciente al que asistí, pues el pastor usó una metáfora muy válida para ayudarnos a entender nuestro proceso terrenal. Decía “el ser humano tiene dos momentos que marcan su existencia: el día que nace y el día que muere, el trayecto que hay entre uno y otro es un paréntesis que puede ser muy corto o muy extenso, nunca se sabe, por lo que debemos vivir lo mejor que podamos durante el tiempo que ese paréntesis se cierra”. Creo que nunca había escuchado una descripción tan clara sobre el don de la vida, este regalo maravilloso que desperdiciamos todos los días llenándonos de amargura, envidias, odios, chismes, resentimientos, falta de caridad, vidas sin sentido, sueños que se mueren, falta de visión y de metas. El pastor nos invitaba a reflexionar sobre nuestro “paréntesis” y lo que hacemos con el diariamente. Una pregunta muy fuerte si queremos responderla con profundidad. Este auto análisis, esta autocritica, acerca de cómo estamos usando nuestro paréntesis, me ha puesto a pensar en el mío en particular. El sepelio donde escuché este sermón era para un hombre a quien la muerte le sorprendió haciendo lo que más le gustaba: jugando fútbol. Su “paréntesis” se cerró de manera inesperada, tanto para él, como para su familia. Sin embargo, Gabriel se fue feliz, fue un hombre justo, trabajador, divertido, amante de su familia, buen amigo, servicial y sincero. Vivió su vida a plenitud, nunca se le veía enojado, siempre sacaba su mejor sonrisa aún en medio de las complejidades de la vida misma. Afrontó con amor y paciencia los malos momentos y disfrutó al máximo los buenos. Que lección de vida tan grande la que le deja, no solo a sus hijos, sino a quienes tuvieron la bendición de tenerlo cerca. Alguien me decía en estos días, si puedes contar a cinco personas que quieran cargar tu ataúd el día de tu muerte puedes darte por bien servido. ¿Sabes quiénes son esas cinco personas que están a tu alrededor? ¿Estás haciendo lo que tienes que hacer para que esas cinco personas te acompañen? ¿Cómo vives tu día a día, con tu familia, amigos, vecinos o compañeros de trabajo? La muerte es una realidad que enfrentamos todos los días. Saliendo precisamente del funeral de Gabriel, mi esposo, mi mamá y yo, fuimos testigos de primera mano de un accidente en el freeway que sucedió justo frente a nosotros. Nadie murió, pero fue un milagro. Mientras una suburban verde atravesaba incontrolablemente todos los carriles de la autopista hasta estrellarse con el muro de contención de la carretera, donde giró bruscamente, mi vida me pasó por mi mente en 30 segundos o menos. Allí estábamos viendo como ésta persona perdía el control de su carro, y se estrellaba justamente frente a nosotros. Tuve que frenar de manera repentina, mientras los dos autos que iban a mi lado se chocaban también en un intento de evadir a la camioneta que les pasaba por enfrente antes de que esta se chocara contra el muro. No hubo muertos, ni heridos, a excepción de la aturdida mujer salió de su auto peleando con las bolsas de aire que se reventaron por el impacto. En mi carro, mi mamá Pedro y yo nos quedamos mudos, en silencio, entendimos que estuvimos muy cerca de no poder contar esta historia. ¿Es por ello por lo que hoy, más que nunca me pregunto cómo estaré viviendo mi paréntesis? Tiempo de pensar, tomar acción, amar, abrazar, perdonar y tratar de ser lo más felices posibles antes de partir de este mundo. Un tema para discutir en familia es la muerte, no podemos seguirlo escabullendo, está allí y hay que hablar de ello.

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