Aprendiendo a leer la letra menuda

Lizzette Diaz

Me acaba de pasar y todavía no supero la rabia conmigo misma. Por no leer, por no sacar tiempo, por estar siempre ocupada, por dejar a un lado las cosas importantes por las urgentes es que nos pasa: los hispanos nunca leemos la letra menuda de nada. ¿No les ha pasado que mandan una invitación a una reunión a su grupo de amigos donde dice el día, la hora y el lugar y de repente uno o más les responden y dónde es, a qué hora es, cuándo es? Imagínense si así es con algo tan sencillo, como seremos con lo más complejo.

En el mes de junio se me venció mi contrato con la compañía de luz que hemos tenido en los últimos cinco años. Efectivamente me llamaron para renovar, pero yo estaba pensando en otras opciones y les dije que por el momento no me interesaba, que yo les avisaba. Con tantas cosas en la cabeza los días fueron pasando, entramos en pleno verano y por consiguiente el recibo de luz comenzó a llegar alto, y la verdad se lo adjudicamos a la temporada que regularmente dispara el consumo de energía. Tras tres meses pagando casi $300 de luz, justamente el sábado por la mañana llamo a la compañía para saber porqué estábamos pagando tanto, teniendo en cuenta que en el último mes prácticamente no habíamos estado en casa, solo estábamos mi hija y yo, y es cuando me entero de que al no renovar el contrato había caído en lo que ellos llaman una tarifa variable, esto es que de pagar 11 centavos por kw, pasé a pagar 20. ¡Dios mío! Qué locura es ésta les dije, pero ellos sí que la tienen clara. De inmediato el adiestrado representante me dice: “tengo en mis notas que a usted le ofrecieron una renovación con nosotros el pasado 5 de junio y la rechazó, entonces entró en un programa de tarifa variable. Es cierto, le dije, pero lo que nunca me explicó la persona que me llamó eran las consecuencias de no renovar de inmediato con ustedes -yo estaba convencida que mi argumento era absolutamente válido, pero no es así- con toda la tranquilidad del mundo el empleado evadió mi respuesta y me dio la estocada final, en su contrato lo dice”. Nunca lo ví, no lo leí, no sabía que estaba allí y no entendía que era una tarifa variable. ¡Qué dolor! Pagar tanto dinero por no leer, por no preguntar, por no mirar.

Lo terrible de todo esto es que yo siempre le digo a la gente hay que leer, no podemos dejar de ver la letra menuda y miren lo que me pasó.

Ahora que tengo que pagar el triple de lo que debería, me acordé de una conversación que tuve con una gran amiga casada con un americano, a quien le pidió que le armara un mueble. El hombre duró dos horas leyendo el manual y buscando todas las herramientas que le sugerían antes de comenzar hacerlo, terminando sin mayores traumatismos, pero nosotros actuamos al revés. Vemos la caja, sacamos todas las piezas, miramos el dibujo y comenzamos a armar. Luego nos sobran piezas, no nos ajusta, queda chueco y toca desarmar para entonces ver el manual y comenzar a leer.

Así somos, nos tomamos las cosas a la ligera y jamás nos tomamos el tiempo para leer la letra menuda, esa que normalmente juega en nuestra contra hasta en las relaciones personales. Esta lección sobre la importancia de leer lo que está escrito y que además firmamos, debería enseñarnos que estamos en un país donde nada queda al azar o se ajusta a suposiciones. Todo está hecho, la ley está escrita y las reglas siempre están claras, aunque no las leamos. En conclusión, la letra menuda es importante, y aunque nos tome tiempo leerla, hacerlo nos ahorraría dinero y futuros dolores de cabeza. Como dicen en mi tierra: cuentas claras, amistades largas.