opinión: La decisión de emigrar supone valor y coraje

Lizzette Diaz

Tengo una buena amiga que es sicóloga clínica -Dayin Santamaría- quien tiene una maravillosa charla acerca del duelo que debemos asumir los que decidimos emigrar y comenzar una nueva vida en otro país. Las razones son tantas como las historias mismas, algunas cargadas de exageración, otras salpicadas de algunas mentirillas, pero la gran mayoría tan auténticamente reales que le podrían sacar lágrimas incluso, hasta al más insensible.

Estados Unidos está lleno de estas historias. A nuestro alrededor tenemos gente maravillosa que ha llegado a este país buscando cosas distintas, pero al final, todos lo hicimos pensando en darle un futuro mejor a nuestros hijos, aunque eso supusiera sacrificarnos nosotros mismos con tal de verlos triunfar y vivir en paz.

No obstante, a que la decisión obedece a muchas circunstancias, la mayoría de las veces, tomar el riesgo de dejar nuestro país para comenzar la vida en uno nuevo te hace crecer de muchas maneras, pues es precisamente cuando estamos lejos, que nos enfrentamos a situaciones por las que nunca pensamos pasar.

Para quienes vivimos legalmente en este país y que contamos con la gracia de Dios de ser ciudadanos americanos, la historia es menos dura, aunque no por eso menos dolorosa. No quiero sonar patética, ni trágica, pero lo cierto es que, aunque logramos nuestros sueños y metas en lo profesional y personal, también, perdemos la oportunidad de compartir tantos momentos, felices o no, con los que amamos y se quedaron del otro lado. Hay tantas situaciones en las que no podemos compartir, que al final nos damos cuenta que, aunque tenemos mucho, no estamos completos, siempre le faltará un centavo al peso para ser felices, como diría mi abuela.

Una gran amiga a la que quiero mucho, le ha tocado enfrentar desde la distancia, la muerte de dos de los seres que más ha amado en su vida: su mamá y su abuela. Nunca se imaginó que el abrazo que les dio en el aeropuerto hace 19 años cuando se vino para este país, sería el último que les daría en su vida. No hubo manera para que pudiera regresar a estar con ellas ni un solo día, ni un instante. Ella ha construido una linda familia en este país, pero está “presa” en este castillo de cristal. De ella he aprendido su gran fortaleza y entereza, el valor y el coraje con las que ha enfrentado estas dos grandes pérdidas, una lección de vida para mí, que muchas veces me quejo por cosas tan tontas y banales, que hasta de pensarlas me da vergüenza.

Muchas veces la ilusión que nos da empezar una nueva vida en suelo americano para conquistar todos esos sueños con los que nos transportan en el ilusorio mundo de Hollywood, nos impide medir con exactitud lo que estamos arriesgando al emigrar, pero, sobre todo, no nos deja pensar con claridad acerca de todos los sacrificios que debemos enfrentar al salir de nuestra zona de confort, para explorar nuevos horizontes. Emigrar significa salir, irse, dejar atrás a los amigos, familiares, vecinos y colegas. La aventura comienza el día que empacamos, pero parece que nunca termina. Todos los días enfrentamos nuevos retos, situaciones totalmente diferente que ponen la filo nuestra valentía, nos obligan hacer recursivos y sobre todo nos pone a desarrollar nuestra imaginación. Es bueno que antes de salir, se detenga un poco a pensar en cómo, dónde y cómo lo hará. Es muy importante planear, para que el proceso sea menos doloroso y el riesgo a equivocarnos se minimice. También es crucial, que una vez hayamos decidido instalarnos aquí, nuestra mente y corazón también hagan lo mismo. Es muy doloroso encontrarse con tanta gente que pesa a que tienen 10, 15, 20 o 30 años en los Estados Unidos, nunca hayan podido adaptarse. Pese al dolor que supone dejar atrás lo que amamos, hay que enfrentar esta nueva realidad, que, aunque dura, se ha de convertir en la lección más grande de nuestras vidas. Animo y fuerza para enfrentar los retos que, como inmigrantes, apenas acabamos de comenzar.