¿Si pudieras comerte tus palabras, qué estarías comiendo?

Lizzette Diaz

El fin de semana mi hermana me envió un WhatsApp con un podcast de un motivador mexicano llamado Daniel Habif, un hombre de mucha fe, quien estaba hablando sobre los temores. Nunca lo había escuchado y la verdad resultó muy interesante lo que decía, aunque en realidad no había nada nuevo. Sin embargo, hubo algo que si me quedó dando vueltas en la cabeza y fue la pregunta con la que bauticé mi columna de hoy “¿Si pudieras comerte tus palabras, ¿qué estarías comiendo?”

Una interesante reflexión para nosotros, los que acostumbrarnos a auto sabotearnos, pensando que no somos capaces de hacer esto o aquello, creyendo que somos estúpidos, poco tácticos y asertivos, a quien nunca le sale nada bien y por más que intentemos hacer las cosas siempre nos queda faltando un centavo para completar el peso.

Me quedé pensando en cuanto veneno nos comeríamos todos los días, si pudiéramos tragarnos nuestras palabras. ¿Solo imagínese por un instante un plato de comida servido con todo lo que nos decimos a nosotros mismos, cómo sería? ¡Hasta con imaginarlo se me ponen los pelos de punta! Es que realmente la gran mayoría de las veces no nos damos cuenta de toda la información con la que reforzamos a diario nuestra realidad. Queremos cambiar, progresar, ser mejores personas, alcanzar el éxito, tener dinero, pero estamos tan anclados en las viejas creencias sobre nosotros mismos que por más que hagamos muchas cosas, éstas no cambian, pues nuestros pensamientos siguen nuestros peores enemigos, bloqueando cualquier posibilidad de cambio.

Cuando este hombre dice en su audio que dejemos de usar palabras que nos auto destruyen, frases de inferioridad que nos la repetimos inconscientemente y de manera constante las cuales se basan en las comparaciones que hacemos de nuestras vidas a través de la televisión o lo que seguimos en las redes sociales y nos empezamos a decir: “estoy gorda”, “No sirvo”, “soy un fracasado’, “soy feo”, “soy bajita o chaparrita”, “tengo mala suerte”, “a mi nada me sale bien”, “yo vengo de un hogar pobre”, “para qué quiero tanto dinero”, “no me interesa tener tanta plata, para qué? Eso me complica la vida”, “no me gusta mi pelo”, “odio mi cuerpo”, etc., entonces imagínate la manera cómo nos envenenamos diariamente. Por supuesto, eso es lo que vemos de nosotros y mientras eso sea lo que veamos eso es lo que vamos a construir. ¿Por qué en lugar de estar pensando en todo lo que no nos gusta de nosotros mismos, no aprovechamos el tiempo para nutrir nuestra mente y espíritu diciendo todo lo que nos fascina de nosotros mismos? Al principio la tarea puede resultar un poco difícil, pues lo primero que tenemos que hacer es romper con el esquema de que si sacamos a flote todas nuestras cualidades dejaremos de ser humildes para volvernos prepotentes y autosuficientes, ¡pero no! La realidad es que solo cuando somos conscientes de los grandes dotes y talentos que Dios nos dio, entonces vamos a poder aprovecharlos al máximo para poder vivir conforme a su propósito y lograr todas las metas que nos hemos propuesto que nos llenan el alma de felicidad, porque nos alineamos en función de la razón por la que fuimos creados de una manera única y especial.

Tú vales lo que tú ves de ti. Es irónico que a medida que vamos creciendo, nos vamos perdiendo en nosotros mismos. Conozco decenas de personas que no tienen la más mínima idea de cuáles son sus cualidades y en muchas ocasiones cuando alguien les dice todo lo que ven en ellas, no se lo creen. Es bueno ponerse a pensar en ello. Si tu no te encuentras las suficientes cualidades pregúntale a la gente más cercana a ti, que te puedan hablar con total sinceridad, acerca de lo que ellos ven único en ti y a partir de allí comienza a creértelo, aférrate a ello y empieza a transformar tus pensamientos venenosos, en pensamientos nutritivos.